Las Torres de Cotillas es un municipio de unos 22.000 vecinos que dio un estirón enorme entre los años 90 y 2000: alrededor del casco tradicional se levantaron calles enteras de adosados y chalets con garaje, patio y, en muchísimos casos, piscina privada y un pequeño jardín. Para un instalador, eso define el trabajo del día a día: esas viviendas cumplen ahora entre veinte y treinta años, exactamente la edad a la que baños, cocinas, platos de ducha y griferías originales empiezan a pedir renovación todos a la vez.
El casco antiguo es otra historia. Las casas de pueblo de toda la vida conservan instalaciones muy anteriores: fontanería original de hierro o de los primeros plásticos y cuadros eléctricos anteriores al reglamento de 2002, a menudo sin diferencial adecuado ni toma de tierra. Ahí sí hablamos de renovar instalaciones completas. En las zonas de los 90 y 2000 pasa lo contrario: la electricidad es razonablemente moderna, pero se diseñó para otra época y se queda corta. El encargo típico no es «rehacer la instalación», sino ampliarla — más circuitos, cuadro con más protecciones, línea dedicada para el aire acondicionado o el cargador del coche eléctrico.
El agua, como en toda la Vega Media del Segura, es muy dura. La cal es la causa número uno de las averías de agua caliente que reparamos en Las Torres de Cotillas: termos que calientan a medias, resistencias incrustadas, grifería que gotea antes de tiempo. Y en las parcelas que lindan con la huerta del Segura, el saneamiento da sus propios avisos: arquetas con raíces, tramos enterrados que fugan y atascos que se repiten en el mismo punto.
En cuanto a logística, jugamos con ventaja: el municipio está pegado a Molina de Segura y Alguazas, donde tenemos trabajo cada semana, así que es raro el día que no pasamos por la zona. Las urgencias las atendemos normalmente en 20–35 minutos según la hora, y los trabajos programados los agrupamos por días en el municipio, lo que nos permite incluir el desplazamiento dentro del presupuesto.