Si algo distingue a Puente Tocinos de las demás zonas donde trabajamos es su parque de vivienda. Buena parte de la pedanía se levantó entre los años 60 y 90 con casas autoconstruidas o ampliadas por la propia familia: la clásica planta que se añadía cuando un hijo se casaba, el patio que se cerró para hacer cocina, el garaje convertido en vivienda. Décadas después, el resultado son instalaciones que crecieron por etapas — un circuito colgado de otro, una derivación por aquí, tuberías de materiales distintos empalmadas por allá — donde el verdadero trabajo no es cambiar la pieza rota, sino entender cómo está montado el conjunto antes de tocar nada.
No todo es casa familiar: Puente Tocinos es una pedanía densa, de unos 15.000 vecinos, con bloques de media altura y promociones recientes junto a las casas de siempre. Eso nos da dos perfiles de aviso muy diferentes en la misma calle: en el piso nuevo, una reparación estándar; en la casa de al lado, una instalación que han tocado tres generaciones y que primero hay que diagnosticar con calma.
La pedanía sigue siendo huerta: la red de acequias todavía cruza la zona y en plantas bajas próximas a los cauces vemos más humedad de la habitual — a veces es una fuga, a veces no, y distinguirlo antes de picar es parte del oficio. En las calles estrechas del casco viejo, el aparcamiento y la entrada de material condicionan las obras; lo resolvemos planificando descargas y contenedor antes de empezar, no improvisando el primer día.
Y como en toda la comarca, el agua es muy dura: la cal es la primera causa de avería de agua caliente que reparamos en Puente Tocinos, de termos que calientan a medias a grifería que gotea al año de estrenarse. La parte buena de trabajar tan cerca: aquí el desplazamiento apenas pesa en el presupuesto, y una revisión o un trabajo pequeño sale a cuenta como en ningún otro sitio.