Cabezo de Torres es una pedanía de unos 13.000 vecinos a apenas 6 kilómetros al norte del centro de Murcia, conocida en toda la Región por su Carnaval. Ese casco con solera — el mismo que se llena de comparsas en febrero — está lleno de casas de pueblo antiguas: viviendas con instalaciones eléctricas anteriores al reglamento de 2002 (cuadros sin diferencial adecuado, cable de poca sección, mitad de la casa sin toma de tierra) y fontanería original de hierro o de los primeros plásticos que ya va cumpliendo su ciclo.
La otra cara del pueblo son las zonas nuevas: promociones y urbanizaciones levantadas en la parte alta, subiendo hacia los cabezos, con Monteagudo y su castillo a la vista, y las casas de huerta en los llanos que miran a Murcia. Y esa posición a media ladera define nuestro trabajo aquí más que ninguna otra cosa: cuando descarga una tormenta, el agua baja de los cabezos con fuerza hacia las calles bajas arrastrando tierra y gravilla, y los sumideros, rejillas y arquetas de la pedanía se llevan la peor parte. Las semanas de gota fría son, con diferencia, las de más avisos que atendemos en Cabezo de Torres.
La pendiente también se nota en el agua de consumo: entre la parte alta y la baja del pueblo hay diferencias de presión reales, y no es raro que una casa sufra golpes de ariete o exceso de presión mientras otra, unas calles más arriba, se queda corta en hora punta. A eso se suma lo que afecta a toda la comarca: un agua muy dura cuya cal es la causa número uno de las averías de agua caliente que reparamos — termos, calderas y grifería lo pagan.
En cuanto a logística, pocas zonas nos vienen mejor: al estar en nuestra ruta diaria entre Murcia y Molina de Segura, cubrimos las urgencias en Cabezo de Torres normalmente en 15–25 minutos y encajamos los trabajos programados con mucha agilidad, con el desplazamiento ya contado dentro del presupuesto.